Relato 4.1 — El corte de las doce.
La lluvia en la cota cero no era simple agua, sino una purga constante que arrastraba hollín aceitoso y químicos pesados sobre los muros de hormigón negro de Saint-Géry. Mateo avanzaba bajo el parpadeo de los neones aferrando su morral de lona, donde la masa densa del cilindro golpeaba su cadera en contraste con el zumbido intangible de las antenas de Cohesión. Tres pasos por delante, la prótesis ocular de Nora giraba con secos chasquidos mecánicos, escudriñando las sombras.
En el cruce de la esclusa cuatro, un puesto de racionamiento blindado bloqueaba el paso. Una docena de operarios del turno de noche aguardaba bajo la llovizna frente a los barrotes de hierro dulce.
—Treinta y seis créditos por el juego de juntas térmicas —dijo el empleado municipal, señalando una caja de piezas recuperadas con un destornillador mellado.
Un anciano con las uñas ennegrecidas acercó la muñeca al escáner óptico. La máquina emitió dos pitidos sordos y un destello rojizo.
—Cuarenta y cuatro —corrigió el operario sin levantar la vista de sus monitores.
—El panel marcaba treinta y seis hace dos minutos —protestó el viejo con la voz rasposa, destrozada por años de respirar polvo de escoria—. Hice la cola.
—El corte de las doce se liquidó mientras esperabas —replicó el funcionario—. La tasa de rotación acaba de saltar. Si quieres las arandelas de goma, son cuarenta y cuatro. Si no, deja sitio al siguiente.
El anciano miró el destello ambarino de su terminal. Se mordió el labio, volvió a pasar la muñeca por la ranura y recogió una bolsita con tres anillos de goma cuarteada. Sus dedos temblaban bajo el neón: el saldo residual en su visor ya no alcanzaba ni para una ampolla de agua purificada.
Mateo apretó los puños al ver aquella asfixia diaria. Nora lo agarró de la manga y tiró de él hacia la oscuridad del callejón de las calderas.
—Camina —masculló entre dientes—. No te quedes mirando el marcador si no vas a comprar chatarra.
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Escribir esta escena pensando en cómo se nos escapa el valor del dinero entre las manos da bastante vértigo.
Si te está gustando cómo avanza la historia y te apetece invitarme a un café virtual para seguir dándole forma al Relato 4.2, cualquier zap en el rayo ⚡ de aquí abajo me hace muchísima ilusión.
Por cierto, ¿qué harías tú en el lugar de Mateo: agachar la cabeza como dice Nora o ayudar al anciano? Te leo en los comentarios 👇
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